A veces
A veces te sorprende comprobar cuánto puede cambiar todo en muy poco tiempo. Hay semanas que comienzan con días sombríos y, sin saber muy bien cómo ni por qué, dan paso a jornadas luminosas, seguidas casi de inmediato por otras en las que el sol parece eclipsado por esa acedia que tanto te acosa.
No te apetece vivir en esa montaña rusa de estados de ánimo, pero ¿acaso puedes evitarlo? Al fin y al cabo, te enfrentas a una realidad que te acompaña desde que eras un niño que dormía solo y no tenía con quién jugar cada día, porque tus padres no pudieron tener más hijos. Fueron demasiados los diálogos contigo mismo, demasiadas las veces que experimentaste la esperanza y el temor sin que nadie lo supiera ni lo sospechara, como para que ahora te extrañe no poder detener tu mente cuando se precipita por los raíles de la soledad.
Y, sin embargo, hay luces que ocupan el lugar de las tinieblas cuando más miedo tienes de quedarte a oscuras para siempre. De niño te acompañaron los libros, la radio y aquellos momentos en los que hablabas con el Dios que te dio un alma para amarle, y al que ya entonces formulabas preguntas cuyas respuestas todavía hoy no conoces del todo.
Ahora tienes quien te escucha y te lee, quien se preocupa por ti incluso más de lo que tú mismo desearías, porque detestas ser causa de sufrimiento para quienes amas. No, no estás solo. Dios está siempre al alcance de una oración, de ese diálogo de hijo a Padre. Y en el cielo tienes a dos madres que interceden por ti: la que te dio a luz y la que dio a luz a tu Salvador. Aquí abajo, además, cuentas con quien sabe y quiere ofrecerte la compañía humana que necesitas.
Sí, estás solo por la ausencia de la mujer a la que amaste. A veces desearías incluso que aquel infierno que te tocó vivir con ella ocupara el lugar de esta soledad. Pero también sabes que aún eres capaz de amar. Y ese corazón que anhela la compañía que solo puede ofrecer una relación bendecida por Dios logra imponerse, siquiera ocasionalmente, a la cabeza que te advierte de que tu estado de salud es incompatible con ese deseo.
Escribes porque vives, y escribirás mientras vivas y conserves la vista para hacerlo. Te brotan canciones, frases que parecen desgarros del alma, pero también palabras que ayudan a quienes te ayudan. Has aprendido a comprender que a menudo hace más quien escucha que quien aconseja, aunque haya ocasiones en las que el consejo se vuelva necesario.
Y, de vez en cuando, experimentas el vértigo de reconocerte como un torpe instrumento en manos de Dios. Al fin y al cabo, ¿qué importa tu torpeza si quien se sirve de ti es Aquel en quien residen el amor y toda perfección?
Debes tener paciencia contigo mismo. El Señor la tiene. No te canses de luchar contra el pecado, pero tampoco te vengas abajo cuando te venza, porque la gracia de Dios es más poderosa que tu debilidad y tu miseria. No abandones la batalla por haber sido derrotado en alguno de sus combates.
Aún te queda mucho por crecer en esa vida que solo el Espíritu Santo puede dar. Y Aquel que te salvó será fiel para llevar a término la obra que comenzó en ti.
Laus Deo Virginique Matri
LF

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