Aurora-9
Año 2387. Soy piloto de carga en Nuevo Edén, colonia marciana. Marte está terraformado, pero todavía falta mucho hasta que se pueda andar por la superficie sin traje espacial. Llevo un mineral raro, el krytonita-cristal, que solo se extrae en la cuenca roja de Valles Marineris. Mi nave es la Aurora-9, una corbeta vieja pero fiable, sin lujos pero cómoda.
El sistema de navegación parpadea justo cuando atravieso la tormenta de polvo más feroz del mes. «Estabilidad comprometida», dice la IA de a bordo, con voz de alarma. «Estabilidad comprometida», repite. Nunca antes he pasado por esta situación.
Y entonces, entre las dunas, aparece algo que no debería estar ahí, que nunca antes había estado allí: un monolito negro, liso, perfecto, de casi tres metros de altura. La tormenta lo rodea, como si estuviera protegido por un campo de fuerza. Mis sensores indican que no emite energía ni radiación. Pero sí emite… ¿sonido? Un zumbido bajo que no oigo pero siento. Es como si de repente hubiera desarrollado otro sentido.
Aterrizo. Abro la escotilla. Me pongo el traje y desciendo. Al tocar el monolito, no pasa nada. Hasta que lo miro fijamente y parece convertirse en un espejo. Pero no soy yo a quien veo. Es alguien con mi cara, con mi traje, pero hay un brillo en sus ojos que me muestra que no soy él. Entonces me habla sin mover la boca:
—¿Vienes a llevarte el krytonita-cristal, Luis? —su voz retumba dentro del casco—. ¿O vienes a quedártelo tú?
Se me acelera el pulso. Retrocedo. El monolito, que yo creía rígido, se convierte en plasma. Y oigo de nuevo su voz: el krytonita-cristal no es un mineral. Es memoria. Memoria de gente que nunca nació. De hechos futuros que no sucederán si lo cargas en la Aurora-9. Cada cristal que subes a la nave borra un nombre. Un rostro. Una vida.
Sé que la supervivencia de la colonia depende del mineral. Pero empiezo a dudar. De repente siento un déjà vu: ya he estado aquí, ya he pasado por esto, ya he tomado decisiones. Todo me da vueltas. ¿Y si la colonia misma no es real y sí lo es este monolito que me habla? ¿Subo a la nave y lo destruyo con un torpedo de fotones? ¿O me quedo aquí, hablando con mi reflejo, mientras el polvo se arremolina en torno a la Aurora-9, que parece aullar como un lobo solitario?
Mientras pienso, esa imagen de mí que no soy yo estira la mano. Y parece que va a atravesar el plasma. Acerco la mía y el monolito desaparece. Me encuentro en una estancia que tiene el color del cielo de Marte, pero no es Marte. Me doy cuenta de que ya no llevo traje para respirar. Un pasillo oscuro se ilumina con hilos de luz azul que se mueven como la sangre por las venas. Avanzo; ¿qué otra opción tengo? Mi yo que no soy yo camina delante, descalzo. Sus pies no tocan el suelo; flotan a un centímetro del mismo.
—No temas —dice—. Esto no es la muerte. Es un borrador del guion de tu vida.
Avanzo. El pasillo se dobla sobre sí mismo, como una serpiente que se muerde la cola. Y de repente veo flashes: yo de niño con una cicatriz en la ceja que nunca tuve; yo de viejo con una hija que no conozco; yo muerto, en una cama que no es la mía, mirando al techo mientras alguien llora.
Mi yo que no soy yo se detiene y señala al muerto.
—Cada carga que haces provoca que esto se desvanezca. Ese eres tú sin krytonita: sin colonia, sin tu nave, sin tormentas de polvo marciano, sin traje para respirar cuando sales a ver el sol.
Me pone la mano en el hombro.
—¿Sabes qué es el krytonita-cristal en realidad? Son recuerdos que aún no existen. Tiempo futuro que pediste prestado. Cada kilo que cargas es el pago de tu deuda. Se paga con tiempo… con vidas.
Empiezo a comprender: la colonia no necesita el mineral porque no existe. Marte no existe. La nave no existe.
Mi yo que no soy yo sonríe. Puedes volver a la nave, decir que todo esto es un delirio, cargar el krytonita y regresar a la colonia. O puedes quedarte aquí, donde no hay nada definitivo, donde el guion de tu vida se reescribe aleatoriamente y cada vida parece tan auténtica como las pasadas y las futuras.
Todo empieza a temblar. De fondo oigo mi nombre, repetido como si mil gargantas lo pronunciaran a la vez. Mi yo que no soy yo me dice:
—Luis, elige.
Fuera, la Aurora-9 sigue aullando por el polvo que golpea su estructura metálica. Veo una puerta roja y el mineral en el suelo. Marte me llama. Nuevo Edén me espera.
Tomo la mano de mi otro yo que no era yo. Al instante, siento como si alguien pulsara «play» en mi cabeza y me encuentro dentro de una placenta. Pasan unos segundos y soy niño otra vez, pero no en Nuevo Edén sino en una estación espacial llamada Luz de Hera. Floto en gravedad cero, lanzando pelotas de goma a un gato holográfico. Mi madre —una mujer que nunca conocí— me grita que deje de hacer ruido porque papá está durmiendo. Papá: el que murió antes de que yo naciera, en un accidente minero en Titán. No puede ser él, pero es. La escena se difumina.
Ahora soy yo, veinticinco años después, en Nuevo Edén, trabajando en hidroponía. Lleno cápsulas con tomates hidropónicos insípidos. Los detesto, pero se venden muy bien en la estación.
De repente soy un anciano, con cabello gris y cicatriz en la ceja. Estoy en una terraza sobre el borde de Valles Marineris. A mi lado, una niña de ocho años con la misma mirada que yo tenía de niño pregunta:
—¿Por qué el cielo es naranja, abuelo?
Respondo:
—No es el cielo. Es el polvo. El cielo es oscuro y a la vez lleno de estrellas.
—¿Me llevarás algún día a verlo?…
Y entonces nada. Oscuridad.
Una voz que no es la de mi yo que no soy yo resuena en mi mente:
—Esa vida no es la tuya aunque la hayas vivido, aunque la vayas a vivir. Hace años se agotó el mineral. Y sin mineral, no hay colonia. Todos se fueron, pero tú quisiste quedarte. Tú sabías de la existencia del monolito. Tú sabías que aquí tendrías mil vidas y a la vez ninguna real.
Me arrojan a otro recuerdo: la Aurora-9 en mi primera misión. Voy solo. El krytonita-cristal se ilumina. Y, ahora sí, escucho mi propia voz:
—¿Quieres salvar la colonia o quieres salvarte?
Elijo salvarlos. La imagen se congela. Mi yo que no soy yo me observa.
—Cada vez que cargas el mineral, eliges Marte. Pero no el real, no el de Nuevo Edén. Eliges su recuerdo. Aquí dentro, todas las veces que has elegido mal siguen vivas, como versiones provisionales: guiones que esperan ser interpretados.
Me muestra uno: yo en una Tierra que nunca terraformó Marte; yo profesor de astrofísica con una pareja que ríe mis chistes malos sobre agujeros negros; yo viejo, viendo a mi nieta graduarse; yo muriendo en paz.
—Ese tú nunca voló —añade—. Nunca sintió el polvo en el casco ni olió a café quemado en una corbeta vieja.
Me siento ingenuo. Comprendo otra vez: el krytonita-cristal no es solo memoria; es elección. Cada carga es la firma de un contrato con una realidad que ya no existe, que ya no va a volver.
—¿Quieres ver el final? —pregunta.
Me lo muestra: veinte años después, la colonia vacía; yo, el último vivo, sentado en la Aurora-9 oxidada; el monolito frente a mí. Dentro, todos los que borré me miran. No me odian. Solo esperan.
Creo decir «por eso vuelvo». No sé si hablo o pienso. El reflejo asiente.
—Vuelves porque cada vez que cargas te prometes que será la última. Y nunca lo es.
El pasillo se abre de nuevo. Y al fondo, la puerta roja.
Me quedo. El pasillo se cierra detrás de mí, como una cremallera que alguien corre por mi espalda. No duele; solo pesa. El reflejo se disuelve, pero no desaparece: se mete dentro de mí. Me siento lleno, como si hubiera bebido un litro de agua tras tres días en el desierto. La puerta roja se abre de par en par y entro.
No hay suelo. Solo una luz roja. Y en ella, gente. Mucha. Me miran. Algunos sonríen, otros lloran. Todos me reconocen. Un hombre alto, con una barba que nunca tuve, me estrecha la mano.
—Gracias —dice—. Me salvaste.
Una niña corre hacia mí y me abraza.
—Papá, ¿vamos a ver el gato?
Y yo, que nunca tuve gatos, respondo:
—Claro.
El monolito se convierte en cielo. El cielo en aire. Y el aire huele a perfume. No hay Nuevo Edén. No hay krytonita. Solo jardines flotantes, estaciones que giran como peonzas y una Tierra que alguien sí terraformó… pero aquí. Y yo soy profesor, astrónomo, padre, abuelo.
La Aurora-9 se queda sola. Desaparece enterrada por la tormenta. Años después alguien la encontrará oxidada. Dentro habrá una nota: «No vuelvo. Dejad el krytonita donde está».
Y yo, bajo un cielo que ya no es naranja, miro una estrella que nadie conoce y pienso: «Vale. Hubo una vida donde fui piloto. Otra donde fui un niño con padres que jugaba con gatos holográficos. Y una más donde fui… esto».
Sonrío. Mi yo que no soy yo también sonríe.
—Lo conseguiste —dice.
El monolito espera a aquellos que quieran vivir.

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