A oscuras
Las cuatro estaciones que habían marcado gran parte de su vida pasaron a convertirse en una sola estación insípida, en la que el único cambio era el tránsito del frío al calor y del calor al frío. Algo así como un electrocardiograma prácticamente plano, paso previo a la muerte.
Estaba harto, muy harto de ver cómo se encendían luces de esperanza en su soledad, que en cuanto le hacían albergar ilusión se apagaban y lo dejaban de nuevo a oscuras. Podía acostumbrarse a la oscuridad. No necesitaba la luz, pues no tenía adónde ir y, aunque lo tuviera, no podía caminar. Pero era especialmente cruel constatar que la luz solo pasaba por delante de él para recordarle que, a fin de cuentas, su destino era la oscuridad.
Acéptalo, ofrécelo, es por tu bien, le decían. ¿Acaso podía no aceptarlo? ¿Serviría de algo? Y lo de ofrecer, ¿le bastaba con decirlo o de verdad tenía que sentirlo? ¿Y cómo se siente algo que no se siente? Así que decía sin sentir, sabiendo que siempre es mejor forzar la voluntad al bien que quedar atrapado en un dolor sin sentido.
Si no fuera porque no tiene gracia alguna, se reiría con la aparición de una nueva enfermedad. Las ha ido coleccionando una tras otra, todas sin curación posible. Su vida se ha convertido en una espera constante de la segura aparición de otro dolor, de otra penuria, de otra pluma en el penacho de sus desgracias. Y en algún momento aparecerá aquella que se lo llevará, incluso puede que dejándole vivo, pero como si fuera una cáscara vacía: que ni sabe lo que ve, ni entiende lo que le dicen, ni puede decir nada, porque nada quedará ya de lo que fue.
Siempre ha sabido que todo puede ir a peor. Primero, porque así ha sido su vida desde hace ya tanto tiempo que no recuerda cuándo no era así. Y también porque ha conocido a otras personas que han pasado y pasan por más penurias. Dicen que «mal de muchos, consuelo de tontos», pero él no encuentra consuelo alguno en el mal ajeno.
Si algo detestaba era convertirse en una carga pesada para quien estaba a su lado, pero ni siquiera eso podía evitarlo. Le consolaba un poco pensar que los últimos años de su vida podrían ser ocasión de mérito para quienes habrían de cuidarle.
Y el pecado, ese persistente compañero que se resistía a dejarle en paz. Aunque ya no era tan abundante como en tiempos pasados, sin duda era lo que más odiaba de su vida. Absurdo, denigrante, asqueroso. Había aprendido a pedir perdón y recibirlo, pero eso tampoco era consuelo.
Si supieran lo que es, no dirían que es lo que no es. ¿Ejemplo de qué? ¿testimonio de qué? ¿acaso está en su mano cambiar el guión que le ha tocado interpretar? ¿puede negarse a interpretarlo? ¿le veis actuar con una sonrisa en la boca, sin queja, con alegría, paz, gozo y santa conformidad? No os engañéis: no es lo que creéis que es.
Comentarios
Publicar un comentario