Pasión por las almas


Tras largos años pidiendo al Señor que me diga cómo puedo servirle, que me muestre su voluntad y, tras mucho tiempo sin que yo creyera que estaba recibiendo una respuesta clara, de repente "se hizo la luz". O quizás cabría decir que por fin entendí lo que Dios me ha estado mostrando desde hace cierto tiempo. Al constatar que yo era más bien obtuso a la hora de discernir su voluntad, ha decidido hablarme claro, como pocas veces antes en mi vida. Y además, ha tenido a bien conceder que alguien haya visto el proceso.

En las últimas semanas he recordado hechos que me acontecieron siendo evangélico y que ahora cobran sentido. He recuperado la memoria de las veces en que el Señor nos habló a Lidia, mi esposa, y a mí para tomar decisiones fundamentales. Por ejemplo, la decisión del regreso juntos de la mano a la Iglesia; pero muchas otras, algunas que se quedaron sin cumplir porque Dios se la llevó, y ahora me toca retomarlas. He podido oír un consejo pastoral de alguien que fue fundamental para que yo volviera a ser católico. Ese hermano y a la vez padre en la fe me dijo el pasado mes de agosto: "tienes que hacer esto, eso, aquello y lo otro". Le oí, pero no le escuché. Le dije que tenía razón, pero estaba demasiado absorto en mis penas, dudas y cruces. Y sus palabras quedaron en el olvido, hoy suenan con fuerza.

Es imposible dar todos los detalles de lo que he vivido en las últimas semanas. Pero algo contaré. He recuperado la alegría por hablar de la Escritura, y dejar que ella conduzca una conversación. Empiezas en un versículo y el Señor te lleva a otro, y luego a otro, y a otro, y parece que no para. Eso lo viví con mi esposa al poco de convertirnos en evangélicos y luego otra vez al poco de volver a ser católicos. Y os aseguro que es gloria bendita.

¿Y todo esto para qué? Para llevarme a lo que Dios quiere que haga. Sencilla y llanamente dejar obrar esa pasión por las almas que Él ha puesto desde hace tiempo en mi corazón, pero que estaba apagada por todo lo que me ha tocado vivir en la última década de mi vida. Hay que salvar almas. Hay que formar a las nuevas generaciones para que sean luz en medio de las tinieblas, de la apostasía. Hay que ayudar a los hijos de Dios a caminar por el sendero de la gracia que nos transforma, que nos libera, que nos hace libres para cumplir la voluntad de Dios. Hay que enseñar a usar las armas espirituales de las que habla San Pablo en Efesios 6. Hay que mostrar cuál es la manera de cumplir el mandato de "orar sin cesar". Hay que dejarse inflamar por el fuego del Espíritu Santo, que solo destruye el pecado, pero ilumina y fortalece el alma entregada al Señor. Hay que defender la verdad pero sin soberbia, sin un corazón endurecido. El apóstol nos dijo que permanecen la esperanza, la fe y la caridad, pero la caridad es la mayor de todas. Y es muy fácil, a la vez que lamentable, usar la verdad no como arma que libera sino como piedra acusadora, de forma que se nos olvida que nosotros también hemos transitado por el camino del error o de la verdad incompleta, y el Señor ha tenido paciencia infinita. Si Él la ha tenido con nosotros, ¿no habremos de tenerla con quienes están donde estuvimos?

La obra de Dios en nuestras vidas abarca todo. El intelecto y también las emociones. Nuestra fe no es una fe meramente emotiva y sin duda debe estar firmemente arraigada en la verdad, en el Credo, pero ¿Qué tipo de cristiano es ese que no se emociona cuando alaba a Dios? ¿Qué tipo de católico es ese que no se conmueve ante una imagen que nos habla de la belleza de la Madre de Cristo? ¿Qué tipo de católico es el que no se entrega en el maravilloso mundo de la comunión de los santos?

Dijo el Señor a Abraham: "Vete de tu tierra y de tu patria y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré" (Gén 12,1). Tenía entonces 75 años de edad. Ni que decir tiene que no soy Abraham. De hecho, estoy en una situación física muy complicada y no puedo andar sin ayuda. Pero si el Señor me confirma lo que hace largos años nos hizo ver a mi esposa y a mí, el destino donde habré de desarrollar esa tarea apostólica no será mi tierra, no será mi patria, no será la casa de mi padre. Aunque hubo un tiempo en que sí lo fue. En todo caso, nuestra ciudadanía está en los cielos (Flp 3,20) y nuestra patria es la celestial (Heb 11,16).

¿Cuándo? No lo sé. Desde luego no inmediatamente. Dios sabe. ¿Cómo? Tampoco lo sé. Dios sabe. En manos de Dios quedo. Bien sabe Él que "no es bueno que el hombre esté solo" (Gén 2,18) y bien sé yo que el guion de mi vida es obra suya. Solo tengo que procurar, por gracia, no ser un estorbo sino el siervo inútil y fiel del Evangelio.

Luis Fernando Pérez Bustamante

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