Las cosas son como son
Es demasiado evidente que no me espera un futuro esplendoroso. No lo va a ser a nivel físico, emocional, psicológico, ni tampoco espiritual.
A nivel físico tengo tantas cosas que no tiene sentido que haga la lista. Es cierto que, en principio, ninguna de ellas me adelantará la muerte, pero todas juntas van a hacer que mi vida sea aún peor de lo que ya es. En todo caso, siempre hay alguien que está peor que yo... así que no debería quejarme.
A nivel emocional, el asunto está aún peor. No es sólo la ausencia de toda esperanza de encontrar un nuevo amor, porque, de hecho, es mejor que no lo encuentre porque la imposibilidad práctica de que salga adelante por mis enfermedades lo haría una fuente de sufrimiento más. Es lo que llamo la ausencia de la presencia. Es vivir encerrado entre cuatro paredes, sabiendo que si salgo de ellas, tampoco tengo a nadie fuera con quien relacionarme. Es no tener a nadie con quien hablar cara a cara, sin una pantalla de teléfono o de ordenador de por medio. Es, literalmente, la ausencia de contacto humano.
A nivel psicológico, es claro que la suma de los dos factores anteriores no deja en buen estado mi salud mental. La depresión anda por ahí rondando a la espera de apoderarse del territorio que se le está concediendo. Digamos que, tomando la figura bíblica, es el león rugiente que ya ha encontrado a quien devorar, pero espera la mejor ocasión para hacerlo.
Y a nivel espiritual, buena parte de la gente con la que tengo contacto se piensa que mi capacidad de analizar las cosas, de hablar «católicamente», incluso dando consejos que pueden ayudar a otros, y de mi manera de «afrontar» mis cruces —que no es otra cosa que resignación—, son ingredientes de una receta que produce como resultado cierto grado de santidad. Nada más lejos de la realidad. El puñetero pecado sigue presente.
Parto del hecho de que detesto eso a lo que se llama Iglesia Católica. No a sus fieles, no a la doctrina, sino a la institución. Cuanto más lejos, mejor. Me conozco bien y sé hacia dónde va a derivar esa aversión. Y no tiene antídoto. Nunca regresaré a un tipo de cristianismo protestante evangélico, aunque gran parte de lo bueno que hay en mí se lo debo a esa parte de mi vida en que lo fui, pero mi alejamiento de Roma, el colegio episcopal y gran parte del clero no tiene vuelta atrás. El reciente viaje del Papa a España me ha mostrado que todavía tengo el afecto natural que un católico tiene al papado, pero ese afecto empieza a parecerse al que tienen los cónyuges de un matrimonio que hace tiempo dejaron de amarse y simplemente se soportan. Con una diferencia: no soporto la traición de los últimos papas al ministerio petrino.
Mi vida sacramental pasó por una sequía enorme provocada por la imposibilidad física, pero desde hace unos meses un sacerdote viene a darme los sacramentos cada semana, lo cual es muy de agradecer. Pero, sinceramente, y sé que esto es una señal peligrosa, empieza a darme lo mismo.
Rezar, rezo, y de hecho el Rosario semanal con Saulo ha sido y es un auténtico salvavidas porque es en la oración donde me siento más útil para los demás. Pero toca ser sincero. Tengo una muy escasa devoción a la Virgen y los santos. Mi «relación personal» es en un 99% con el Señor y sólo con el Señor. Creo en la comunión de los santos y pido su intercesión y la de la Madre de Dios, pero apenas interacciono con ellos. No me sale. Y no me gusta forzar las cosas. Puedo incluso escribir cosas piadosas sobre la Virgen y los santos, pero no forman parte de mi realidad espiritual. No es que no ame a la Madre del Señor. Es que desde que soy niño, y esto tiene mucha más importancia de lo que parece, mi espiritualidad no ha sido mariana. Soy consciente de que eso se lleva mal con la condición católica. Sé que muchos me dirán que debo procurar que eso cambie y que... bla, bla, bla. Las cosas en esa materia son como son. Siempre han sido así. Fin.
¿Qué será de mí? Pues lo que Dios quiera, pero empieza a importarme muy poco. Soy como un corcho que flota y es llevado de acá para allá. Todavía estoy vivo, pero lo único que me mantiene con ciertas ganas de vivir es que sé que mis hijos me necesitan. Y que, llegado el momento, puedo ayudar a mi nieto cuando me necesita. Pero no hay otra razón. Y esa razón parte de ellos, no de mí.
Ah, y sí, escribo letras de canciones, mantengo cierta actividad de servicio a la Iglesia con las citas de los santos, ando probando cosas nuevas acá y allá —es muy de mí empezar mil cosas y no acabar ninguna— y también me siento «útil» para mis amigos. Pero cuando toda tu compañía a la hora de dormir es una perra y sabes que eso no va a cambiar, la vida se convierte en un estorbo.
Paz y bien,
Luis Fernando

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