Quietecito



En octubre del año 1999 mi esposa y yo regresamos a la Iglesia Católica tras más de 8 años y medio siendo evangélicos. Todavía era Papa San Juan Pablo II, quien para muchos de mi generación, e incluso la inmediatamente posterior, ha sido el "Papa de nuestra vida". No entro a juzgar su pontificado, con sus luces y sus sombras, porque es perder el tiempo y además no creo que a los pocos que lean este post les haga falta leer lo que ya saben que opino.

Tras el papa polaco llegó el alemán, Benedicto XVI, lo que supuso una continuidad en las líneas principales marcadas tras el CVII. Fue él quien fijó esa peculiar idea de que aunque la Iglesia cambie de doctrina hay continuidad porque sigue siendo la Iglesia. Eso, y no otra cosa, es su tesis sobre la hermenéutica en la reforma en la continuidad, que así la llamó. Cito:

...la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad. La Iglesia, tanto antes como después del Concilio,  es la misma Iglesia una, santa, católica  y  apostólica en camino a través de los tiempos.


Nueva definición, nueva doctrina, corrección (¿?) de la doctrina anterior, a la que llama error histórico, pero continuidad porque la Iglesia sigue siendo la misma. Al año siguiente de definir esa tesis pronunció otro discurso en el que explicó sin disimular nada en qué consistió, entre otras cosas, el CVII:

... es necesario aceptar las verdaderas conquistas de la Ilustración, los derechos del hombre, y especialmente la libertad de la fe y de su ejercicio, reconociendo en ellos elementos esenciales también para la autenticidad de la religión.

Está muy claro. Se pasó de una condena radical de los principios ilustrados en materia de la libertad, condena que partía de la Tradición católica y no de elaboraciones novedosas, a la aceptación de esos principios. Pero como la Iglesia seguía siendo la misma, aquí paz y después gloria.

Pero ni paz, ni gloria, ni continuidad. Lo que hemos visto es la destrucción de las bases de la fe católica. Si la doctrina se puede cambiar pero nada pasa, entonces nada pasa porque se cambie cualquier doctrina. O más bien pasa de todo y nada bueno. Eso ha sido el pontificado de Francisco y lo sigue siendo el actual pontificado. Con Francisco pasamos de la condena clara del adulterio y la fornicación y la imposibilidad de comulgar siendo adúltero o fornicario (convivir sin casarse), a la admisión a la comunión a adúlteros y fornicarios. Y para que no quede la más mínima duda de que el cambio es radical, el punto 301 de Amoris Laetitia destroza por completo el edificio de la moral católica. Cito:

Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa.

¿Lo ven ustedes?  Aunque alguien sepa cuál es la ley de Dios, puede no comprender los valores de esa ley y, por tanto, si la incumple no hay pecado. Al carajo todo. Literalmente. Pero, amigos, no os preocupéis. No os alarméis. La Iglesia sigue siendo la misma. Hay continuidad.

Luego llegaron más cambios. Por ejemplo, el de la doctrina sobre la pena de muerte. Y, sobre todo, la posibilidad de bendecir parejas homosexuales o heterosexuales no casadas por la Iglesia. Eso es Fiducia supplicans. Pero, amigos, no os preocupéis. No os alarméis. La Iglesia sigue siendo la misma. Hay continuidad. Benedicto XVI lo dijo. Punto final.

¿Llegarán más cambios? Sin la menor duda. Ahora quieren cambiar la doctrina sobre la guerra justa. Lo de la sinodalidad, que ni ellos saben lo que es, es sin duda otro cambio. Y como está establecido el principio de que da igual que se cambie la doctrina porque la Iglesia sigue siendo la misma, nada impide que se cambie la doctrina sobre la ordenación de mujeres, el uso de anticonceptivos, el aborto, la eutanasia y lo que sea menester. Y quien se escandalice porque me atrevo a mencionar lo del aborto y la eutanasia, puede leer esta noticia y esta, y esta.

Vuelvo a octubre de 1999. Si entonces hubiera sabido lo que había supuesto de verdad el CVII y lo que ha ocurrido hasta hoy, cuando se sigue bendiciendo el pecado nefando (lo cual es una auténtica blasfemia), no tengo el menor género de dudas de que me habría quedado con los ortodoxos o, simplemente, "en el aire". Protestante no podía seguir siéndolo una vez visto que el Sola Fide y el Sola Scriptura eran grandes mentiras. Pero la Iglesia a la que se convirtió San Juan Enrique Newman, figura clave para que se produjera mi regreso al catolicismo, yo no la habría identificado entonces como la Iglesia de Cristo. Si acaso, habría aceptado que la Iglesia de Cristo podía subsitir en ella de alguna manera. Pero también entre los ortodoxos y, en general, los que profesen el Credo.

Digo más. Si cuando me metí en el mundo de la información religiosa, primero en Religión en Libertad y luego en InfoCatólica, yo hubiera sido plenamente consciente de lo que he explicado en este artículo, no me habría metido. Religión en Libertad e InfoCatólica podrían haber nacido de una manera u otra, pero sin mí. Y ahora entienden ustedes porqué para mí ha sido una liberación haber abandonado ese mundo. Ir contra la conciencia es cosa jodida. Y también lo es ser censurado una y otra vez. Este artículo, sin ir más lejos, no sería publicado en ninguno de esos dos medios. No lo digo como crítica. Es una cuestión de coherencia. De hecho, mucha paciencia tuvieron conmigo en InfoCatólica una vez que di señales de que me había apartado de la línea editorial. En cualquier otro medio de comunicación, me habrían puesto en la calle hace muchos años. 

¿Y ahora qué? Nada. Ahora nada. Salvo que el Señor disponga otra cosa, y la verdad es que no tiene pinta de ello ni yo lo deseo, el periodismo católico es historia para mí. También lo es la apologética, a la que me dediqué bastantes años antes de ser periodista. No volveré a ser bloguero en ningún medio católico, ni conservador, ni tradicionalista, ni cosa que se lo parezca. Este blog es personal y muy pocos saben de su existencia. Apenas lo uso y si se hiciera "famoso", lo cerraría. Estoy haciendo lo que puedo en Apóstoles de su gracia, pero cansa mucho luchar contra el algoritmo y contra la indiferencia de tantos. Y en todo caso, sé que soy un personaje "peligroso" para la Iglesia como institución. Tampoco me gusta nada lo que veo en el mundo tradicionalista -daría para otro artículo que no voy a escribir-,  ante lo cual descarto involucrarme en el mismo. Así que lo mejor es que me quede quietecito, sin armar ruido y a esperar que pase la vida. 

Paz y bien,
Luis Fernando 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Conclusión lógica

A oscuras

Aurora-9