No le caigo bien a la felicidad
Cuando estás pasando por momentos depresivos, a veces intentas buscar en la memoria aquellos tiempos en que fuiste más o menos feliz. Es bien jodido cuando encuentras muy pocos. Por ejemplo, de mi etapa como niño recuerdo momentos puntuales, pero no una temporada larga en la que se pudiera decir que era feliz. La enfermedad de mi madre -incluidos sus problemas psiquiátricos- lo llenaba casi todo. En todo caso, y a diferencia de mis tres hijos, no puedo decir que tuviera una infancia mala. Pero a partir de la muerte de mi padre, todo cambió.
Yo
tenía entonces 16 años. Estoy a punto de cumplir 56. Es decir, han
pasado 40. De todos ellos, 30 han sido un infierno. Y de los otros 10,
buenos, lo que se dice buenos, apenas tres. El de mi noviazgo fue el
primero. Otro fue mi primer año como cristiano evangélico. Era una
novedad radicalmente distinta, y luminosa, de lo que había vivido nunca
antes. El año del proceso de regreso a la Iglesia Católica también fue sustancioso pero fue justo cuando murió mi madre, así que no puedo
decir que fuera un tiempo feliz. También tuve buenas etapas en torno al
nacimiento de mis tres hijos y hasta ahí no más.
Lo
peor, sin embargo, no es vivir en ese infierno en vida. No, lo peor es
creer o tener la esperanza de que puedes dejar ese infierno atrás, y que
todo quede en nada. Esa situación la he vivido tres veces, la última
muy reciente. Y no habrá una cuarta porque desde ya me niego a tener
esperanza de poder llegar a ser feliz. No está en mi mano y Aquel en
cuyas manos está, no parece querer. Y su voluntad se cumple siempre,
tanto si quieres como si no. Así que más vale aceptarla porque además,
lo verdaderamente importante es el destino eterno y no este simple
parpadeo en medio de la eternidad que supone la vida terrenal. En mi
caso, triste y dura vida terrenal.
Fiat voluntas tua
Luis Fernando

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