Un caparazón para esconderme
Es seguro que no merezco nada bueno, pero tampoco creo que merezca recibir constantemente un palo tras otro a lo largo de mis 56 años de vida. Quisier tener un caparazón como las tortugas para meterme dentro y no salir más, porque si salgo es cuestión de tiempo que algo o alguien me pisotee la cabeza.
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Soy como un cometa que revive un poco cuando se acerca al sol, pero en cuanto pasa ese breve espacio de tiempo en las proximidades del astro rey, sale disparado hacia el frío absoluto del espacio. Deja de ser visible, deja de mirar al sol. Solo tiene por delante negrura y soledad.
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Darlo casi todo y no recibir casi nada.
Necesitar atención y cariño y encontrar soledad.
No entender por qué se abre la puerta de la esperanza y se cierra con un portazo cuando la vas a cruzar.
No encontrar sentido a tanto sufrir, a tanta lágrima derramada.
Sin duda, vuelvo a ser yo.
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