Hablar con Dios. Hablar de Dios


Te sientas en el último asiento del último banco del templo. Allá donde apenas puedan darse cuenta de tu presencia. Quieres contemplar más que participar, aunque repites de corazón todas las frases y oraciones que ya recitabas siendo niño. Tampoco entonces gustabas de sentarte en los primeros bancos. 

Dejas atrás dos décadas de batallas, polémicas, debates, denuncias, cruzadas, quijotismo y algunas dosis de vanidad y soberbia disfrazadas de falsa caridad. Lo que de bueno hiciste, fue por gracia. Lo que de malo, por tu pecado.

Te tapas bajo la manta buscando adentrarte en el diálogo con el Señor. Ya no te quejas de nada, pero tampoco pides mucho. Y sospechas que aquello que pides que más te gustaría recibir no te será concedido, pero ya aprendiste a aceptar que ese "no" es lo mejor para ti. También de niño te adentrabas tapado en ese lecho donde sólo estabais Dios y tú. Entonces pedías poco y preguntabas más. Con los años fueron respondidas tus preguntas por Aquel que siempre ha guiado tus pasos, por Aquel que ha evitado que te despeñes cuando te has separado de Él.

Bien sabes que solo hay algo que se acerca a la maravilla de hablar con Dios: hablar de Dios. Pero no es fácil encontrar un alma con la que compartir semejante don. 

Vuelves a tu infancia sin ser niño. Sabes que allí aprendiste a amar a quien más te ama. Y no necesitas  más. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Treintena a San José

Conclusión lógica

Pasión por las almas