Calla, vive y cuando te toque, muere

Ay, ay, ay, Luis. Ni siquiera puedes rebelarte porque no tienes ni valor ni fuerzas. Y, para qué no decirlo, tampoco ganas. Pero al mismo tiempo has renunciado a entender. Ya no quieres saber ni por qué ni para qué. También has renunciado a esperar algo genuinamente bueno. 

Es sangrante que te llegue la ilusión de que queda algo por delante que merece realmente la pena y tras un breve tiempo en que la esperanza reina en tu vida, te das de bruces contra la realidad. Y esa realidad es que solo te queda sentarte a esperar en soledad la muerte, que puede llegar pronto o dentro de treinta años. Eso ya da igual.

Demasiado bien sabes que en lo que te queda de vida aparecerá de nuevo el dolor, la angustia, la impotencia, la desesperación por no poder hacer nada. ¿Cuándo no ha sido así? ¿Cuándo has tenido un solo lustro seguido de paz, de cierta alegría, de poder disfrutar de lo que acontece en este valle de lágrimas?

Has llegado a la conclusión de que vives lo que te mereces, de que este es tu sino, de que ya no tiene sentido pedir lo que sabes que no se te va a dar. La música celestial de esos que son santos no suena en tu vida. Benditos sean ellos que han sabido vencer por gracia donde tú caes derrotado una y otra vez.

Piensa que podría ser peor. Al menos tienes el amor de tus hijos y de unos pocos hermanos en la fe. Date por bien pagado porque ni eso te has ganado. Se te ha dado como regalo.

No sueñes, no esperes, no pidas, no clames. Acepta los hechos, asume que en el guión de tu vida no hay lugar para la frase "y fueron felices y comieron perdices". 

Por último, haz el favor de no seguir exhibiendo tu desesperanza. Ten un poco de dignidad y no ensombrezcas la vida de los demás con tus lamentos de plañidera mal pagada. Calla, vive y cuando te toque, muere. 


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