El grito silencioso



Escribir es para mí una especie de desahogo, un grito silencioso que llega a la mente del lector sin pasar por sus oídos. Es expresar lo que siento porque no tiene sentido hablar a la pared o a mi perra.

En realidad no busco lectores, no deseo compasión, no necesito que el mundo sepa de mis angustias, temores, cruces, miedos, ni tampoco de mis alegrías y esperanzas, escasas y de corta duración. 

Me sé de arriba a abajo, de izquierda a derecha todo lo que la fe dice sobre cómo sobrellevar los tiempos de zozobra, de caminar, como dice el salmista, por el valle de sombra de muerte. Pero es un valle que me parece interminable y ya no me quedan apenas fuerzas para escalar esas montañas desde las que casi se puede tocar el cielo con los dedos.

También sé que mis cruces y pruebas son la nada comparadas con las que sufren multitud de cristianos en todo el mundo. Pero no por eso dejan de doler, no por ello dejo de sangrar.

Si miro atrás veo una vida que cabe calificar cuanto menos de compleja. Desde luego el Señor ha sido muy paciente conmigo y me ha sostenido en situaciones donde de no ser por Él, hoy no estaría escribiendo estas palabras. Pero cuento con los dedos de la mano los años, de los 55 que tengo, en que se podría decir que he sido, humanamente hablando, feliz.

Hay algo que me duele especialmente. Se da cuando parece que se enciende una luz de esperanza, cuando se abre la puerta hacia un tiempo de refrigerio y posible felicidad. Invariablemente, como si fuera una constante cosmológica en mi universo, se apaga esa luz y se cierra esa puerta. Y quedo más o menos como una esquina meada por perros o por jóvenes emborrachados en un botellón de fin de semana.

Es por ello que ya no deseo más luces ni puertas abiertas. Prefiero acurrucarme en un rincón a la espera de que la biología haga su trabajo y pase a mejor vida, que ciertamente espero que sea mejor. Sí, seguiré haciendo cosas. Sí, seguiré trabajando, lo cual en mi caso es algo muy relacionado con el servicio a Dios. Sí, habrá momentos en que pareceré que estoy vivo y no muerto en vida. Pero no quiero más potingues para mis heridas, ni más vendas que solo sirven para ocultar las llagas que no parecen tener cura. Ya no pido nada salvo gracia para poder vencer el pecado que asoma su cabeza de vez en cuando, para recordarme que soy hijo de Adán y no solo de Dios.

El amor es maravilloso pero duele. Al menos a mí siempre me ha dolido. No sé por qué he llegado a pensar que alguna vez no será así. El mayor amor habido jamás estuvo clavado a una cruz. Me toca amar, o más bien seguir amando, y al mismo tiempo sufrir. Y eso hago hoy. Amo y sufro. Y espero el rejonazo que me dejará, una vez más, sin fuerzas para embestir en el coso de la vida.

Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí que soy pecador.

LF

 

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