Lo que sabes, lo que sientes


El corazón en un puño, la angustia que te ahoga, el sufrimiento que lo llena todo. ¿Cuántas veces has estado en esa situación? Son incontables. Y por más que te aferras a Dios, la desesperación no se va. Se queda a tu lado como compañera inseparable de tu camino.

Te conoces toda la teoría, todos los versículos de la Escritura y casi todos los consejos de santos y doctores de la Iglesia para afrontar la prueba, la cruz, el sufrimiento. Sabes que todo ayuda para bien a los que son amados por el Señor, a quienes conforme a su propósito son llamados. Sabes que Él es tu pastor aunque andes en valle de sombra de muerte. Sabes que Él llama a los fatigados y agobiados para aliviar su carga. Y sin embargo, sigues sintiendo que la muerte te rodea, no ves salida a tu desesperación y tu alma se postra agotada, sin fuerzas. 

Ya no te quejas. Lo asumes. Ya no esperas nada, aunque lo pides. Te dejas ir, como madero arrojado al agua que es llevado por las corrientes de un lado para otro, a la espera de acabar varado en alguna playa de arena, donde el sol abrasador te dejará reseco y sin vida.

Las pocas veces que te alcanza la alegría y la esperanza, se quedan solo un tiempo a tu lado. Y una vez se van, quedas peor que antes de su llegada. Hasta miedo te da cuando asoman, porque sabes lo que vendrá después.

Todo lo ofreces a Dios porque así te lo han dicho y porque te resistes a creer que tanto sufrimiento sea para nada. Das gracias porque todavía puedes rezar, porque todavía te puedes conmover cuando estás ante la presencia del Señor. Sabes que ahí está tu vida, ahí tu único refugio. Y repites como el ciego Bartimeo: "¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!".

María, madre de gracia, madre de misericordia, en la vida y en la muerte ampárame gran Señora.

LF

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