Lo que queda de aquel niño
Dicen que hay una santa indiferencia pero hace tiempo que lo único que me resulta indiferente es mi muerte.
Vivir para sufrir solo tiene sentido si ofreces tu sufrimiento en expiación penitencial por tus pecados y por los demás.
De los muchos errores que he cometido en mi vida, los dos mayores son haber permitido que me cargaran culpas que no eran mías y no haber protegido a mis hijos como era necesario.
La madurez y la poca sabiduría que tengo me llegaron demasiado tarde, pero peor sería que no me hubieran llegado.
Siendo niño me preguntaba cómo sería de mayor. Siendo mayor me pregunto qué queda de aquel niño. Y queda mucho, lo esencial.
Mi padre me hacía sentirme seguro, protegido, guiado. Su ausencia me dejó indefenso ante la vida, ante mis propias carencias.
Echo de menos aquella niña de la que me quedé prendado con diez años mientras jugábamos en la playa. Aún recuerdo el dolor que me produjo cuando acabó aquel verano. Quiera Dios que haya podido ser feliz.
Vivir en la incertidumbre es algo a lo que, por más que quieras, no te puedes acostumbras nunca. Y yo ya no me acuerdo cuando viví sin semejante losa. Desde luego muchos años, por no decir décadas.
Cuando pones en las distintas pesas de una balanza amores genuinos que por su propia naturaleza son distintos, estás a un paso de perder al menos uno de ellos.
El amor por los padres y por los hijos es de ley natural. Viene dado por los lazos familiares. El amor en el matrimonio viene dado y sellado por Dios, y es imagen de la unión ente Cristo y su Iglesia.
Si no estás dispuesto a llegar hasta el final, no recorras el camino. Date media vuelta y regresa al lugar desde el que partiste.
A veces Dios irrumpe en tu vida para deshacer los planes que tenías. Y a veces eres tan necio que sigues adelante con esos planes y te robas a ti mismo la bendición que Dios iba a ofrecerte.

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