Recuerdos sueltos


No se te olvida esa camioneta que te llevaba desde el barrio de la Alhóndiga en Getafe hasta la Glorieta de Embajadores en Madrid. No se te olvida ese recorrido por la carretera de Toledo, cuando Orcasitas te anunciaba la Plaza Elíptica y te removías inquieto en el asiento porque te quedaba poco para llegar. Y ya en la glorieta, entrabas enseguida en el Metro, línea 3, camino de la estación de Lista, línea 4, donde vivían tus abuelos maternos o de la estación de Estrecho, línea 1, donde vivían los padres de tu padre.

Y sí, recuerdas que tú de mayor querías ser conductor de Metro. Eras feliz cuando podías montarte en el primer vagón, delante del todo, y por un ojo de buey contemplabas como os adentrabais en el túnel, cómo os acercabais a los semáforos en rojo que casi siempre se ponían en verde antes de llegar y cómo la luz de la estación próxima aparecía tras una curva. Siempre te preguntabas cómo podía el conductor lograr que los vagones se detuvieran en el lugar exacto. Y luego estaba el auxiliar, que daba a la palanca para que la gente saliera y entrara, tocaba el pito para avisar que iba a cerrar las puertas con la misma palanca.

A mi madre siempre la preguntaban cómo era posible que me dejara ir solo a Madrid desde que cumplí nueve años. Pero yo era más feliz que una lombriz cuando hacía esos viajes. Disfrutaba casi tanto de ellos como de mi estancia en casa de unos abuelos y de los otros. Digo casi. No tanto. Porque no había nada como recibir un achuchón de la abuela María, de esos que te quitaba la respiración. Ni nada como ver al abuelo Luciano devorando su comida mientras miraba con ojos de pena el plato de arroz con leche que tú devorabas y que su diabetes le impedía probar. Y nunca podrás olvidar esos desayunos de pan con sopas de leche y azúcar que tu madre nunca te ponía para evitar que acabaras también siendo diabético.

Tampoco se te irá de la memoria, salvo que alguna enfermedad te la robe, la alegría contenida en el rostro de tu abuelo Juan cada vez que entrabas en su pequeña casa de Marqués de Leis. Sabías que era preludio de largas partidas de tute, en las que te regalaba multitud de ripios y dichos típicos del Madrid de siempre, del de la Verbena de la Paloma, del de un acento auténticamente chulapón,  hoy ya prácticamente perdido. Y sigues viendo hoy las manos envejecidas de la abuela Angelita, la misma cuyo tono de voz te hacía sentirte especial y que fue el primer ser querido que viste partir hacia el encuentro con el Señor. Y con ellos, la tía Angelines, tu madrina. La que en una cocina de carbón hacía los mejores huevos fritos con patatas y el mejor pollo al ajillo del mundo. La que compraba en el mercado de Tetuán los filetes más tiernos de todo Madrid. La que te quería como al hijo que nunca tuvo.

La vuelta, en el mismo metro y la misma camioneta, no era tan feliz, pero tenía su encanto. Habías acumulado buenas sensaciones para afrontar la rutina diaria. Dormías feliz al querer y sentirte querido. Poco sabías entonces lo pronto que ibas a afrontar tu primer calvario. Pero es es ya otra historia.


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