La calle del mercado (1)
No jugabas en tu calle, siempre llena de coches y camiones que no dejaban hueco para pelotear un rato. Tu portal no era punto de encuentro, salvo alguna vez ocasional en la que apostabas y traficabas en el mismo con cromos de futbolistas, al principio de cada temporada. El hijo del pollero te engañaba en el juego, pero te daba igual. Te valía con pasar el rato. Además, él no era de tu gente, no era de tu pandilla, la de Amando, tu primo, Perico, Alberto, César, Nacho.
Desde allí partías todas las mañanas entre semana en dirección al colegio. Algo más de quince minutos de paseo hacia una rutina empañada por tu falta de diligencia en los estudios. Cuántas veces fuiste sin tener todos los deberes hechos. Cuántas temiendo que don Cirilo te sacara a dar la lección. Y cuando te la sabías, el muy bribón no te sacaba.
De esa calle saliste cuando escapaste de casa porque tus padres habían decidido dar a Laika, la perra de la que te encariñaste. Enfilaste para arriba, al llegar a la esquina torciste a mano derecha, cruzaste la vía hacia la estación y desde allí emprendiste una huida hacia Madrid, caminando por la orilla de unos raíles que te llevarían hasta Villaverde. Pero la noche se acercaba y decidiste regresar. Tu dolor por la pérdida de la perra se convirtió en miedo cuando se te acercaron ladrando chuchos sin dueño. Hiciste trabajar a tu ángel de la guarda y no pasó nada. Lo peor es que cuando llegaste a casa todavía no te habían echado de menos. Pensaban que habías pasado la tarde jugando al guá, tirando torpemente la peonza, o haciendo carreras de chapas en la arena de la plaza de la iglesia. Laika ya no estaba y nadie supo de tu hazaña hasta que un día se la contaste a tu padre cuando hiciste otra más peligrosa y osada. Pero esa es otra historia...

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