Cautivado por su mirada
Todos reían mientras él sufría. No entendía por qué una simple mirada le atraía tanto. No cruzó palabras con ella porque temía ser torpe al hablar y la veía inalcanzable. Además, sabía que tenía dueños. Sí, plural, porque la pobre no era todavía dueña de su belleza y se dejaba cortejar por varios villanos que buscaban ser los primeros en profanar el santuario de su virginidad. Algo que él, todavía imberbe y ciertamente inocente, ni siquiera alcanzaba a pensar.
Allí, en aquel parque donde todavía se tiraba al suelo para jugar a las chapas o a las canicas, aprendió que a veces no hacen falta palabras ni besos para quedarse prendado de una muchacha. Allí empezó a preguntarse qué era ese vértigo que ocupaba su corazón y su mente antes de que el sueño le venciera cada noche. Y allí aprendió el dolor de saberse rechazado cuando un día ella le dijo un "sé por qué me miras" acompañado de una risa de desprecio. Bajó los ojos y, sin responder, emprendió el camino a casa sabiendo que no volvería a mirarla como antes.
Hoy se acuerda de su nombre pero queda enterrado en su memoria. No podría reconocerla por la calle en caso de cruzarse con ella. Pero no quiere olvidarse de aquel vértigo, de aquella inocencia que no buscaba mal alguno, que no quería aprovecharse de aquella belleza.
PD: Foto tomada de Alhóndiga de la memoria.

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