A oscuras
Las cuatro estaciones que habían marcado gran parte de su vida pasaron a convertirse en una sola estación insípida, en la que el único cambio era el tránsito del frío al calor y del calor al frío. Algo así como un electrocardiograma prácticamente plano, paso previo a la muerte. Estaba harto, muy harto de ver cómo se encendían luces de esperanza en su soledad, que en cuanto le hacían albergar ilusión se apagaban y lo dejaban de nuevo a oscuras. Podía acostumbrarse a la oscuridad. No necesitaba la luz, pues no tenía adónde ir y, aunque lo tuviera, no podía caminar. Pero era especialmente cruel constatar que la luz solo pasaba por delante de él para recordarle que, a fin de cuentas, su destino era la oscuridad. Acéptalo, ofrécelo, es por tu bien, le decían. ¿Acaso podía no aceptarlo? ¿Serviría de algo? Y lo de ofrecer, ¿le bastaba con decirlo o de verdad tenía que sentirlo? ¿Y cómo se siente algo que no se siente? Así que decía sin sentir, sabiendo que siempre es mejor forzar la volunt...