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Mostrando entradas de enero, 2022

La batalla

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Cada noche es una batalla, un ir y venir de lamentos, de miedos, de angustias, todo ello sucedido de chispazos de esperanza, de paz y efluvios que dejan en el alma turbada cierto aroma celeste. No sabes si estás presto a partir o queda un largo recorrido por delante. Te preguntas si ya lo has hecho todo o en realidad casi no has empezado a hacer lo que se te ha asignado. Presientes que la soledad te acompañará en lo que te queda de peregrinación, pero lo mismo te esperan en el próximo valle para ir de la mano. Rezas, clamas, te acurrucas cual niño pequeño y finalmente lloras conmovido al ver que el fuego de tu alma no se ha apagado. Y entonces quieres ir y prenderlo todo con esa llama que no se consume. Y entre sueños de profeta tus ojos se cierran. Hasta la próxima noche.

El mar sin olas

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Silencio de palabras, que no de sentimientos, ni de temores, ni de leves esperanzas que apenas decoran la tristeza del alma herida y cansada. Eres como río que pronto desemboca en un mar sin olas, sin mareas que cambien la monotonía de la quietud. Los recuerdos son sombras en las que te cobijas del abrasador sol de la soledad, pero no son agua con la que calmar tu sed. Miope de anhelos, sordo de deseos futuros, mudo de dolores, hueles la espina y no la rosa, tocas el clavo, no la madera de tu cruz. Contemplas almas sin rumbo, empujadas al abismo por perversos siervos de las tinieblas, pero tu ira queda sin grito que dé testimonio. Sueñas nuevas moradas prometidas, oteas el reflejo de la liturgia eterna y suplicas ser digno de tamaña grandeza.